Archivo de la etiqueta: playa

De los WC públicos (y cosas que hacer en ellos)

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Es curioso el contrabando entre chicas en los váteres públicos.
-No hay papel, ¿tú tienes? Pásame un trozo, tía…
-Toma un kleenex, el rollo está vacío.
Y se pasa un pañuelo por debajo de los paneles separadores como la que está pasando hachís de primerísima calidad. Lee el resto de esta entrada

De mi verano (veranazo)

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Viajar

Un verano lleno de reguetones, madrugones y revolcones

Si tuviera que poner un título a mi verano sería este.

En Junio no tenía ni idea que al final del verano tendría tantos recuerdos, que incluso tengo material para hacer un trabajo de fin de carrera de Sociología. Lee el resto de esta entrada

Del ritual de la depilación y sus razones (el vino)

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Todo empieza con un plan:
● Vamos esta tarde a la playa?
● Te invito a comer. Los dos solos, tu vino favorito, nadie en mi casa…
● Salimos de fiesta, MariCarmen, porfa? Me pondré la minifalda, y tú?
● Dos años de la última citología ya? Joder, joder…

Y me miro las piernas. Si me paso la SilkEpil puede pasar, pero más arriba hay una catástrofe que sólo puede remediar la cera y unas manos expertas.
En realidad a mi ginecóloga le importa tres pitos mis pelos de más, a mi amiga incluso le divierte que le enseñe mis pelajos:
-Mira, ves cómo no me tenía que haber puesto la falda? Si es que me lías…
En la playa si no me muevo demasiado pueden pasar, incluso desapercibidos.
Pero…
Una invitación…
A mi vino favorito…
Y los niños colocados con su madre que vive a diez quilómetros…
Incomunicados…
Se merece la visita al primer sitio que depilen exprés. Que mi vino favorito se lo merece, y aunque después de las tres copas que me beberé (copas de esas grandes que yo utilizo de florero) no me importará si voy depilada o con las bragas de mi abuela (es una expresión, yo no utilizo esas bragas), y después del revolcón me habrá parecido incluso un despilfarro ir a depilarme (porque vaya precios, coño!) y tendré que ir a la playa aunque no me apetezca para rentabilizar el gasto (y así cojo color, que empiezo a hablar sueco)
Voy al sitio ese, tengo varios favoritos (soy algo casquivana, ya me conocéis), me empapo de bodas, romances y funerales de las revistas, acepto un café que me ofrecen (hacer gasto, con lo que cobran…), tuiteo dos chorradas (pero muy graciosas) y me llaman. O sale el número que tengo hecho una bolita en el pantalón del vaquero (me he tenido que poner vaqueros, con estos pelos…).
-Túmbate, ponte estas braguitas y ahora vengo.
Y me deja en bragas (de papel) la muy zorra, tumbada en una camilla en la que no quepo ni de lado (aquí he exagerado un poco), pensando en el ridículo que haría si ahora se declarase un incendio.
-Qué vamos a hacer?
No te jode! Un cunnilingus, si te parece! (Eso lo pensé, no soy tan borde) He venido a depilarme, recuerdas? Medias piernas y brasileñas. No, no, caribeñas. Ay, qué lío (siempre me lío), tú vete quitando, ya te aviso yo.
Y me da conversación. Perdona bonita, pero prefiero que me des un Valium o Morfina. Que qué calor (o qué frío, también me depilo en invierno), que ya tenemos aquí las vacaciones, que estira aquí y respira hondo…
Y me pregunto si merece la pena, y me arrepiento. Tarde. Demasiado tarde. Y me acuerdo del momento en el que paría (una de las veces que parí), que pensaba: Pues mira, ahora no me apetece quedarme embarazada, que se detengan las contracciones y me receten la píldora.
Pues lo mismo, pero sin bebé.
El vino exquisito.

De los abanicos

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Mujer detrás del abanico-Maleta de Recortes

Ya ha llegado la época de abanicarse, y yo tengo unos cuantos que he ido recolectando por los cajones, propios y ajenos. Los de mamá, quiero decir, no voy robando abanicos por ahí. Por lo menos de momento.
Los tengo de todos los colores, de todas las texturas y de todos los sonidos. Sí, sí, sonidos. Ese ruidito que hace al abrirse, y que hace que salga mi vena folclórica. Que me cambia hasta el acento!
-Ohú, qué caló!
Y lo cierro:
-Miarma -señalando con el abanico cerrado- una servesita de esas, ar favor!
Y lo vuelvo a abrir sonoramente. Porque los abanicos se abren con soberbia, y arrogancia, mirando alto, haciendo que te miren y piensen: La joía, qué fresquita está! Y abrirme el escote y abanicarme sin pizca de pudor de arriba a abajo. En verano está todo permitido.
Y conocer el lenguaje secreto y decirle al camarero con gestos que la cerveza la quiero con un chorrito de limón, y como no conozco esa jerga me fastidio y se lo digo cuando me la trae y el pobre tiene que dar otro viaje a la barra. Sin abanico, ya ves…
O hacerle señales a cualquiera de esos adonis que se se sientan en las terrazas y decirles:
a) Que sepas que si intentaras besarme no opondría ninguna resistencia.
b) Ni me mires, mis hijos me vigilan. Apunta mi móvil: 6… 2… (cómo serán los números en lenguaje abanico?)
c) Nos conocemos, tú no eres el dependiente de esa tienda de telefonía móvil que… deja, deja, esta conversación es muy complicada para un abanico. Le guiño un ojo, que es más directo.
Me encanta ponerle énfasis a mis conversaciones dando golpecitos con él y señalar al cielo, y a un señor que pasaba por ahí, incluso rascarme con él. Es una prolongación de mi mano, y si los mosquitos me han picado los tobillos no necesito agacharme para desollarme. Además es un artilugio que puedes encontrarte en cualquier sitio y circunstancia. A una beata abanicándose en misa de doce con un abanico sobrio y de puntillas negras, o a mí en la playa con uno de colores chillones estrujándome la parte de arriba del biquini del exceso de agua (el glamour y yo nunca nos hemos llevado bien).
O el mismo abanico de los chinos en un funeral en Agosto, y simultáneamente en una fiesta after en Pachá Ibiza.
Ahora me estoy abanicando con el número uno de una colección que no acabé: “Abanicos” (asombroso título), aunque creo que voy a poner el aire acondicionado, es menos romántico pero más práctico, dónde va a parar!

De esas brujas tan astutas (las joías)

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Ayer me paró en el mercadillo (ese lugar tan curioso) una gitana con varias ramitas de romero en un canasto y me dió una. Me dijo:
-Toma cariño, para que te dé suerte, que puedo ver que tienes un problema que te ronda, un embrujo hechicero. Lee el resto de esta entrada

De mi coche, ese pedante.

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Mi coche es un gran desconocido para mí como para la mayoría de gente el suyo, seguro, nadie sabe para qué sirven todos los botoncitos que tiene, ni de coña.
El otro día descubrí sin querer que los asientos eran reclinables (lo juro, casi me parto el espinazo). Para qué coño quiero yo los asientos reclinables en mi coche? Lee el resto de esta entrada

De mi picnic playero

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El verano pasado se me ocurrió la fascinante idea de hacer un picnic en la playa, de noche, con velitas y utilizando como mantel un plaid de estampado étnico que tenía en el armario sin saber qué hacer con él. Pues para que no se nos llene el culo de arena! Ala, a la bolsa! Lee el resto de esta entrada