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De las comidas encima de la cama de un hotel

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Bacanal romana

Cuando salí de trabajar ya lo tenía todo preparado y sólo tuve que conducir unos kilómetros hasta ese hotel donde ya me esperaba adormilado. -Joder, tampoco he tardado tanto! Si quieres me voy y continúas la siesta, eh? Es broma, es broma…-
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Lo que ocurra en Las Vegas…

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Algún día viajaré a Las Vegas contigo, cuando seamos unas venerables ancianas (venerable anciana significa vieja verde, no?) con $ 10.000,00 en la maleta para fundir. Porque no hay otra opción que fundirlos, no sé jugar a nada de lo que se juega en un casino.
La ruleta sé que gira, tiene numeritos de dos colores, se le tira una bolita y donde caiga, pues eso, el numerito es el ganador.
Al Blackjack se juega con cartas. Pero con esas que tienen corazones, tréboles y otros dibujitos. Hasta ahí.
Máquinas tragaperras para echar moneditas y que se queden ahí dentro por siempre jamás. Siempre he pensado que van a parar directamente a Fort Knox, bobadas mías, que soy muy malpensada.
Comeremos cochinadas de buffets libres y McDonald’s y después nos montaremos en esa montaña rusa tan famosa y vomitaremos al bajarnos. Beberemos alcohol hasta caernos de culo y piropearemos a los botones, crupiers y recepcionistas guapos hasta que nos echen de los locales. Veremos el espectáculo de las fuentes del Hotel Bellaggio y vocearemos: ¡La fuente Luminosa de Salou mola más! Haremos excursiones al Gran Cañón y gritaré el nombre del conductor del autobús para que el eco lo repita y nos mearemos de risa con la cara que pondrá el pobre hombre, un cincuentón calvo con una camisa sudada azul marino. Jamás sabremos qué refunfuñará, nuestro inglés es de trapillo.
Luego cuando ya no nos quede dinero, volveremos a casa con el hígado latiendo y siete quilos de más, con una tiara de diamantes falsos en la maleta y ochocientas cincuenta fotos en la cámara, de las cuales quinientas quince serán selfies de esos en las que salimos tan horribles.
Lo prometo.